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La Susona
Para librarse de las constantes persecuciones a que eran sometidos, un grupo de judíos de la judería de Sevilla -dirigidos por Diego Susón- preparó una rebelión.
En ese tiempo, la hija de Diego Susón andaba enamorada de un caballero cristiano, y al conocer los planes de su padre, temió que en la rebelión pudiera sufrir daño su amante, por lo que contó a este lo que se tramaba.
La delación de la Susona representó que todos los implicados fueran apresados y ejecutados, incluido su padre, Diego Susón.
La Susona, al ver que había sido la responsable de la muerte de su padre, se arrepintió, y vivió hondamente apenada toda su vida. Como señal de arrepentimiento y memoria de su mala acción dispuso en su testamento que cuando muriese su calavera fuese puesta en la fachada de la casa familiar de los Susones.
Allí estuvo largo tiempo; por tan macabro detalle se llamó la Calle de la Muerte. Hoy se llama calle Susona, y un pequeño azulejo representando una calavera recuerda todo el suceso.
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